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de álgebras y cutis

Andaba yo estos días leyendo Amor y matemáticas, un libro estupendo del matemático Edward Frenkel, cuando decidí ir a hacerme una limpieza de cara. Mientras esperaba mi turno en el sofá, me debatía entre sacar el libro del bolso o no. El motivo era la portada, en la que se ve un corazón enorme. No colaba como revista del corazón porque también se lee claramente "matemáticas":


Sí, me daba un poco de vergüenza que lo vieran porque todos los que allí había tenían entre sus manos una revista o el móvil, el gran sustituto del Lecturas, Semana y Pronto en las peluquerías y salones de belleza. Pero me había quedado a medias en un capítulo y quería acabarlo, así que traté de esconder un poco la portada y comencé a leer. El libro es un estupendo viaje autobiográfico desde las primeras motivaciones de un investigador matemático hasta el presente y los proyectos futuros. Aunque Frenkel me da mil vueltas, me ha hecho recordar los años de carrera y de investigación, la emoción tras entender un problema, la frustración al intentar resolverlo sin éxito y la alegría cuando sí se consigue.

Estaba leyendo sobre álgebras de Lie y bosones cuando me llamó Fátima y entramos a una sala pequeña. Dejé el libro sobre la mesita, me tumbé en la camilla y Fátima comenzó a ponerme una crema limpiadora.

-Pues hoy ha refrescado -dijo extendiendo la crema.
-Y menos mal -contesté tratando de no tragar nada.
-Trabajar con calor es lo peor.

Me acordé de Frenkel y sus complicados inicios en Rusia debido al antisemitismo atroz de los años previos a Gorbachov y su perestroika. Fátima estaba poniéndome el tónico cuando me dijo que llevaba pocos días trabajando ahí.

-Es que además, con una hija pequeña, es difícil compaginarlo todo.

Así que Fátima, que no tendría más de 22 años, ya tenía una hija. Imaginé su vida de arriba a abajo porque he tenido unas cuantas alumnas como ella: en mi película, Fátima repitió 2º, acabó la ESO por los pelos y entró en un Grado medio de Peluquería y estética. Tras cuatro novios, se echó uno más formal a los 17 y se quedó embarazada a los 20. Me estaba poniendo el peeling cuando comentó que hizo un curso de nueve meses en un centro privado, pero que cuando de verdad aprendió fue cuando empezó a trabajar. Frenkel tuvo una especie de epifanía cuando le propusieron su primera investigación, con 17 años, y se puso a buscar entre decenas de libros para entender las definiciones.

-Ahora veinte minutos de vapor, tienes que aguantar.

Es casi lo peor de las limpiezas, el maldito vapor que no te deja respirar. Aguanté estoicamente mientras pensaba en el libro, que se intenta promocionar como "para todos los públicos" cuando creo que no es así: puede leerse sin tener ni idea de matemáticas, pero no se entendería ni la mitad de lo escrito. No es divulgación convencional sino un repaso a una parte de la matemática moderna que intenta suavizar algunos conceptos para que los entienda un lector curioso.

Pasados los veinte minutos, llegaba lo peor de verdad: extraer los puntos negros. Fátima cogió los papelitos y comenzó a apretar la punta de mi nariz. Maldita seas, Fátima.

-Te salen estupendamente -comentó-. ¿Te duele?
-No mucho -mentí.
-Pues me suena tu cara un montón.
-Uhm. No sé, llevo bastante tiempo fuera del pueblo.
-¿Dónde vives?
-En Madrid.
-¿Y qué haces por allí?
-Soy profesora de matemáticas.

En ese instante apretó con las uñas con más fuerza que nunca. Vete al infierno de las esteticienes, Fátima.

-Yo no tengo el título de ESO por culpa de las matemáticas. Me he presentado por adultos tres veces y nada. Si tengo que hacer un problema en el que haya que sumar 2 más 2, yo los multiplico.

No le recordé que las dos cosas dan 4 porque estaba por completo en sus manos y los lagrimones que ya salían de mis ojos podrían potencialmente llenas piscinas saladas. Ahí siguió Fátima, despotricando de las matemáticas con alguna pincelada de autocrítica mientras pasaba a buscar puntitos negros en mi frente.

Cuando apagó la luz, me imaginé que cogía el cuenco con la cera hirviendo y me lo echaba por encima como venganza por todo mi gremio. Pero Fátima bajó también la persiana y dijo:

-Ahora viene lo mejor.

Ay, Fámita, cómo te adoré durante esos quince minutos de masaje facial. Tus angelicales manos ya las querría Frenkel (aunque el chaval es un sex-symbol en el mundo matemático, igual también tiene unas manos maravillosas que hacen masajes así de estupendos). Durante esos quince minutos pensé en esas dos personas tan terriblemente diferentes que copaban mis minutos. Jamás se conocerían, jamás sabría el uno de la otra ni al revés, jamás llegarían a tener intereses comunes, pero ahí estaba el libro, entre la máquina de vapor y las tiras de depilar, bocabajo para que no se viera la portada.

Tras la mascarilla y una crema fría, salí de allí como si estuviera a punto de demostrar algún principio importantísimo sobre el funcionamiento del universo. Y con un cutis estupendo.

|2015-08-15 | 13:21 | coctelera | 0 opinan | Este post | |

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