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escribir relatos

Ya llevo casi un año aprendiendo a escribir. En abril del año pasado comencé un taller trimestral de Escritura Creativa (sobre todo centrado en relato) y este año estoy haciendo un curso anual de relato. Cuando ahora leo un cuento sé por qué me gusta o por qué no. Por un lado, es un fastidio, un inevitable fastidio, pero por otro, cuando me gusta algo puedo extraerlo y aprender.

Tenemos que llevar un relato cada semana. Los leemos en voz alta (todos si da tiempo) y los alumnos hacemos una primera valoración. A veces no sabemos llegar más allá del “me gusta” o “me ha parecido interesante tal parte” pero con el tiempo se va desarrollando cierta capacidad crítica. La que es implacable es mi profe, Isabel Cañelles, una crack que con una lectura destripa de maravilla el relato y sabe partir del nivel de cada uno para incidir en unas u otras cosas y permitir que mejoremos sin hundirnos en la miseria. Bueno, a veces salimos hundido en la miseria, sí, pero es la única forma de mejorar, tanto nuestra escritura en general como los relatos concretos que llevamos. Si no tuviéramos esas apreciaciones que nos hagan mejorar, supongo que no necesitaríamos un curso así. Además, luego ahogamos nuestras penas en cañas al salir de clase.

Por si le sirve a alguien, pongo aquí mi decálogo particular de lo que he aprendido hasta ahora. Muchos pueden decir “pues eso no tiene por qué ser así” y lo acepto, pero sí creo que para empezar a aprender un oficio (esto es un poco un oficio, satisfactorio y no remunerado pero oficio) creo que hay que partir de unas premisas y, una vez conocidas y bien manejadas, tratar de romperlas sin que se note mucho. Aquí van las mías:

1. Todo el relato tiene que estar repleto de palabras concretas. Nada de poner que alguien está triste o que siente nostalgia, hay que mostrar, mediante palabras concretas y no abstractas, que ese personaje está triste o que siente nostalgia (está a punto de echarse a llorar, le cambia el semblante al ver una postal de su pueblo natal...). Sólo así el lector es capaz de sentir y no sólo leer lo que estamos expresando. Tenemos que poder imaginarnos el relato hecho cine.
2. Hay que describir, no demasiado pero sí lo suficiente para ubicar al lector en un entorno y mostrar unos rasgos de los personajes lo bastante concisos como para que coloquemos en su cabeza desde el principio lo que queremos que se coloque. Una barba mal cortada, una papelera en el suelo, un coche rojo cereza…
3. El protagonista del relato es, casi por definición, el que tiene un conflicto. Un conflicto no es un problema ni una zancadilla ni nada de eso. Normalmente es algo interno que tiene que resolver de forma externa. Si no hay conflicto, no hay relato, sino que se queda en anécdota. Además, dicho conflicto tiene que conocerse cuanto antes mejor y todo el relato tiene que ir dirigido a su resolución.
4. Durante el relato, el protagonista tiene que sufrir un cambio que haga que su conflicto se resuelva, para bien o para mal.
5. Cuantas más escenas y acciones, mejor. Los resúmenes ralentizan el ritmo.
6. Cuantos menos adjetivos y adverbios, mejor (esto lo explica muy bien Stephen King en “Mientras escribo”, buenísimo).
7. Tiene que estar justificada la aparición de los personajes que haya. Un relato es demasiado pequeño y concentrado como para desperdiciar espacio en personajes que no intervienen en el conflicto ni en el cambio.
8. Es importante elegir bien el narrador. No es lo mismo una primera persona, un narrador testigo o un narrador omnisciente.
9. Los cocodrilos (sacado del libro de Ángel Zapata, “La práctica del relato”): debemos tratar de enriquecer el texto con la aparición de un elemento que nos choque, que no debería estar ahí, que rompa por completo con la escena. Ese elemento estará, obviamente, ligado al conflicto y coloreará el relato de forma única.
10. Desde el principio tiene que haber un tema latente sobre el que gira todo: la muerte, el amor, la soledad, el desamparo, el tiempo, la mentira… (no hemos inventado nada a estas alturas). Sin embargo, un relato no es un panfleto de ideas. Lo que nos preocupa o nuestro modo de ver el mundo podemos contarlo en un blog, en un ensayo o una tarima. El relato tiene que tener ritmo, tienen que pasar cosas. Las ideas que queramos transmitir deben estar en el subtexto de la trama, engarzadas bajo las acciones.

Para acabar, voy a hacer una comparación un tanto asquerosa. Ayer tuve gastroenteritis. Comí una tarta de chocolate por la tarde que me sentó mal y estuve hasta las diez de la noche tiritando con sudor frío junto al brasero, sin poder ni hablar ni leer ni nada. Al final, vomité (y parecerá raro, pero no lo había hecho en veinte años). Al momento, mejoré notablemente, claro. Luego sólo pude beber Aquarius, leer un poco y dormir, pero poco a poco me iba notando mucho mejor. Esta mañana ya me he zampado una tostada con tomate (pero sin café, no hay que pasarse). Pues bien, para mí a veces escribir es un poco así. Te encuentras regular, hay una tarta de chocolate (el tema) que te ha sentado mal y algo que tienes que soltar. Llevas horas o días teniéndolo en la cabeza y lo tienes que echar. Cuando vomitas el relato, te sientes mucho mejor. Luego necesita un poco de cuidados y cambios, claro, necesita reposar, pero ya está ahí fuera y tú sientes que has soltado lastre.

Otras veces, cuando no lo tienes en la cabeza sino que te dejas llevar por completo, es más parecido a una aventura. Me puedo pasar tres horas con la página del Word en blanco (los famosos bloqueos), pero luego, en un momento concreto, se empieza a hilar todo con mayor o menor acierto, como si estuviera leyendo un libro de “Elige tu propia aventura” (qué buenos). A veces las decisiones son acertadas, pero muchas veces pierdo por goleada. Incluso en esos casos, merece la pena intentarlo.

|2013-03-28 | 11:27 | escritura | 1 opinan | Este post | |

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Comentarios

1
De: Ru Fecha: 2014-04-23 17:47

Leído (que no releído, las cosas como son). Empiezo. :)



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